El murciélago
Opereta cómica en tres actos, con música compuesta por Johann Strauss II (1.825 - 1.899), con libreto en alemán de Henri Meilhac y Ludovic Halévy, cuya composición se realizó en el plazo de cuarenta y dos noches. Esta basada en la obra francesa " Le Réveillon" de Karl Haffner y Richard Genée. El estrenó de "Die Fledermaus" (El Murciélago) t uvo lugar en el Theater an der Wien (Viena) el 5 de abril de 1.874. Tras un relativo fracaso inicial, la obra fue ganando aceptación en las sucesivas reposiciones. Se presentó en París en el año 1.877 con el nuevo epígrafe de "La Tzigane", con algunos cambios en el libreto y algunos añadidos musicales pertenecientes a la obra del compositor, titulada "Cagliostro in Wien" (1.875)
Personajes
| Eisenstein Rosalinda Adela Ida Alfredo Falke (Halcón) Blind (Ciego) Frank Frosch (Rana) Orlofsky |
Honrado ciudadano Esposa de Eisenstein Doncella de Rosalinda Hermana de Adela Enamorado de Rosalinda Amigo de Eisenstein Abogado de Eisenstein Director de la Cárcel Guardián de la Cárcel Príncipe |
Tenor Soprano Soprano Soprano Tenor Barítono Barítono barítono Papel hablado Mezzosoprano |
La acción tiene lugar en un balneario cercano a Viena hacia 1870
ACTO
I.- En una casa de
una pequeña población con balneario próxima a Viena, viven
Gabriel von Eisenstein y Rosalinde, su mujer, atendidos por la
joven camarera Adele. Los cónyuges llevan casados un par de años.
La acción comienza en el cuarto de estar y comedor de los
Eisenstein la tarde del día en que Gabriel tendrá que ingresar
en la prisión local, para cumplir el arresto de cinco días que
le ha sido impuesto por haber pegado e insultado a un alguacil.
Fuera de la escena se oye el canto del tenor Alfred, antiguo
pretendiente de Rosalinde. En el escenario está sola Adele,
leyendo una carta de su hermana Ida, bailarina de conjunto en la
Ópera. Ida invita a Aólele a ingeniárselas para acudir con
ella a la cena de esa noche en el palacio del príncipe Orlofsky,
rico juerguista. Adele suspira y lamenta su condición de simple
camarera; después, sale para intentar ver quién es el dulce
cantor de la calle.
Entra Rosalinde, doblemente preocupada: por una parte, su marido
tiene que ir a la cárcel; por otra, la ha turbado, como antaño,
el canto de Alfred. Adele vuelve e intenta aprovechar la ocasión
para, fingiendo que una vieja tía suya enferma requiere sus
cuidados, conseguir que su señora le dé la noche libre.
Rosalinde no accede a la petición, dadas las especiales
circunstancias de este día, y Adele se retira llorando.
Ahora hace aparición Alfred, pues sabe que Eisenstein va a ser
encarcelado, y, a cambio de marcharse por el momento, consigue
que Rosalinde jure que volverá a recibirle cuando su esposo esté
ya en su celda. Éste viene procedente de la calle con su abogado,
el Dr. Blind, un tipo cómico. Eisenstein está furioso, pues,
según él, la desafortunada defensa que ha hecho Blind ha
conseguido que, en vez de cinco, sean ocho los días de arresto.
Ambos se intercambian acusaciones e insultos en presencia de la
asombrada Rosalinde, y aún Blind se atreve a exponer todo lo que
él puede hacer, como abogado, en un nuevo proceso. Eisentein
acaba expulsándolo a cajas destempladas.
Rosalinde intenta dar ánimos a su esposo. Éste ordena a la aún
gimoteante Adele que vaya al León de oro y encargue allí una
cena suculenta, pues los magistrados han aceptado que, antes de
ingresar en prisión, Eisenstein pueda despedirse de su esposa.
Al salir con el encargo, Adele comunica que acaba de llegar el Dr.
Falke, un notario amigo de Eisenstein. Mientras Rosalinde va a
buscar la ropa más vieja de su marido, Falke comunica a
Eisenstein la invitación a la cena de Orlofsky: el arresto puede
consumarse un poco más tarde, de madrugada. Gabriel es algo
donjuanesco y Falke le tienta con la perspectiva de encontrar allí
a la flor y nata de las jóvenes y coquetas bailarinas de
conjunto de la Ópera. De pasada, ambos recuerdan cierta juerga,
tres años atrás, en el baile de máscaras de Scheelendorf, al
que Falke acudió disfrazado de murciélago mientras Eisenstein
lo hacía de mariposa. Falke consigue convencer a su amigo y
ambos son sorprendidos por Rosalinde cuando están marcándose
unos pasos de baile.
Los camaradas procuran justificarse y Falke se marcha, para, como
dice, anunciar al Director de la prisión que Eisenstein irá allí
en seguida. Rosalinde traía la ropa vieja pedida por su marido;
pero éste la rechaza ahora y se va a buscar otra. Ahora regresa
Adele con una bandeja en la que se ve lo único que han podido
darle en el León de oro: una horrorosa cabeza de jabalí con un
ramillete de rosas en la boca. Vuelve Eisenstein, vestido
impecablemente de etiqueta, lo que justifica diciendo que no
quiere sentirse humillado ante sus compañeros de cárcel. Después,
se perfuma y se despide de Rosalinde y de Adele, y aquélla
describe lo que van a ser los desayunos y las comidas sola, sin
su marido.
Nada más marcharse Eisenstein, se cuela en la casa el expectante
Alfred, y lo primero que hace es ponerse la bata y el gorro de
aquél, para por un momento volver a soñar con el paraíso doméstico
perdido. Rosalinde está asustada, pues ya barrunta que Alfred va
a quedarse a dormir. El tenor bebe y canta, invitando a Rosalinde
a seguir su ejemplo, y entona su divisa: "¡Dichoso es quien
olvida lo que no puede cambiarse!". Entre tanto, llama a la
puerta y hace su entrada Frank, el Director de la prisión, quien
viene en persona, pues está invitado a una cena y tiene prisa, a
llevarse a Eisenstein a su "grande y bella pajarera" y
darle allí "alojamiento gratis". Naturalmente,
confunde a su "invitado" con Alfred. Éste intenta
aclarar que él no es Eisenstein; mas Rosalinde le hace ver que
la situación es comprometida para ella. La jocosa descripción
que a continuación hace del aspecto doméstico, la bata, el
gorro, los bostezos, etc., de Alfred, que son los propios de todo
esposo, convencen a Frank, quien al fin consigue llevarse al
falso Eisenstein no sin que éste, "si he de ir ya a la cárcel",
se cobre en especie el sacrificio, besando repetidamente a
Rosalinde.
ACTO II.- La
acción se desarrolla ahora en la lujosa villa del príncipe
Orlofsky, donde se ha congregado ya el grueso de los invitados,
bailarinas de la Ópera, caballeros frívolos, del extravagante
aristócrata, el cual no se deja ver por el momento. Por el jardín
vienen las hermanas Adele e Ida, ésta sumamente asombrada de
encontrar allí a aquélla. Como Ida no ha escrito carta alguna,
ambas llegan a la conclusión de que alguien ha querido reírse
de ellas; pero Ida, después de comprobar que Adele, vestida con
un elegante traje de Rosalinde, tiene muy buen aspecto, decide
presentarla como "artista".
Aparecen ahora Orlofsky y Falke. Aquél es un joven imberbe que
ya ha disfrutado de todo lo que en esta vida puede conseguirse
con dinero y, en consecuencia, se aburre muchísimo, aunque
espera que Falke cumpla hoy su promesa de hacer algo para que él
se ría, concretamente, representar una acción que se llama La
venganza del murciélago. Efectivamente, Falke ha planeado
vengarse de Eisenstein, y ahora advierte complacido que ya está
aquí Adele, pues él es el autor de la falsa carta de Ida. Ésta
presenta a Adele como señorita Olga y ambas se dirigen a la sala
de juego, para apostar allí con el contenido de la cartera que
les da Orlofsky para que se lo gasten y procuren perder, pues
ganar le parece también aburridísimo.
Entra Eisenstein, presentado por Falke como marqués Renard.
Sobre la marcha, Falke decide enviar un lacayo para que Rosalinde
venga a comprobar dónde está realmente su marido. Mientras
tanto, Orlofsky explica a Eisenstein lo que llama sus "peculiaridades
nacionales", que en esencia consisten en que sus invitados
hagan lo que quieran siempre que no se aburran ni rechacen la
bebida que se les ofrezca, pues, si no es así, los pone de
patitas en la calle o les tira la botella a la cabeza. Después,
el Príncipe vuelve a lamentarse de su mortal aburrimiento.
Regresan Ida y Adele, naturalmente con la cartera de Orlosfky vacía.
Al ver a Adele, Eisenstein se queda literalmente pasmado, pues
esta Olga se parece como una gota de agua a otra a la camarera de
su mujer y, además, lleva un traje de ésta. La falsa Olga
coquetea con él y canta un cuplé, con el que ridiculiza al
falso Marqués, ¿pues cómo es posible que éste la confunda,
tan bonita y atractiva como es, con una simple criada? En este
instante es anunciado el caballero Chargrin, esto es, Frank, el
Director de la prisión. Él y Eisenstein hacen de inmediato
buenas migas por aquello de ser "compatriotas", aunque
pronto acaban su repertorio de francés macarrónico. Empieza
ahora a cundir la impaciencia por pasar al comedor; pero Falke
dice que deben aguardar aún a la llegada de una distinguidísima
condesa húngara, quien, como mujer casada, va a venir
enmascarada y de incógnito. La noticia suscita comentarios malévolos
de las féminas presentes y todos, salvo Falke, salen al jardín,
para hacer tiempo; Eisenstein lo hace así mismo, intentando
engatusar a Adele con su reloj de repetición, famoso entre sus
amigos como "el reloj de las conquistas".
Llega Rosalinde con un antifaz grande. La recibe Falke, quien se
apresura a mostrarle a través de las cortinas cómo flirtean su
marido y la camarera; naturalmente, la falsa condesa se sulfura.
En seguida regresan del jardín los dos "franceses" y,
al ver a la enmascarada, Eisentein pide a Frank y a Falke que le
dejen solo con ella. Rosalinde insinúa que ella no es una
condesa, sino una artista, lo que anima a Eisenstein a asegurarse
esta conquista con la exhibición de su reloj. Rosalinde finge
ser arrastrada por la pasión, los latidos del corazón se
aceleran con la marcha del reloj, para, en un momento de descuido
de su marido, apoderarse del cronómetro, cosa que ninguna "seducida"
había conseguido hasta ahora.
Entran otra vez los invitados y la pícara Adele pone públicamente
en duda que la enmascarada sea húngara. Rosalinde responde con
la mejor demostración posible, con música, y canta unas zardas
inflamadas de fuego patriótico, con las que convence y
entusiasma a todos. A continuación, a petición de la asamblea y
con el permiso de Falke, Eisenstein cuenta la famosa historia del
murciélago. Cuando él estaba todavía soltero, al oír esto
Rosalinde lamenta que sus esperanzas se desvanezcan, fue con
Falke a un baile de máscaras, éste vestido de murciélago y él,
de mariposa. Eisenstein hizo beber muchísimo a Falke y lo
abandonó, durmiendo la mona, en un bosquecillo. Cuando Falke se
despertó, tuvo que regresar a su casa con un séquito de
pilluelos burlándose de él, y desde entonces el distinguido
notario Dr. Halcón es conocido como Dr. Murciélago. El
auditorio se sorprende de que Falke no se haya vengado hasta
ahora: Eisenstien presume de permanecer en guardia, por si acaso,
pero Falke insinúa que aún está por ver quién será al final
el guasón mayor.
Comienza la opípara cena. Los invitados se han sentado a la mesa
por parejas, salvo Orlofsky quien brinda por el rey de los vinos,
Su Majestad Champán Primero; al brindis se suman Eisenstein y
Adele coreados por todos. La bebida produce efecto y Flake
propone que todos se tuteen y formen una "hermandad de
hermanitos y hermanitas". Sigue el "ballet", que
consta de cinco danzas: española, escocesa, rusa, bohemia y zíngara;
pero Orlofsky propone que los invitados mismos bailen lo mejor de
todo, el vals. En plena euforia, Eisenstein intenta que la bella
enmascarada retire de su rostro el antifaz; mas en el momento de
mayor apremio, el gran reloj de pared que hay en la sala deja
sonar seis campanadas. Eisenstein y Frank se sobresaltan. Es ya
tardísimo. Ambos deciden marcharse juntos y despedirse en la
esquina más próxima. Cuando salen, les sigue el canto
placentero de quienes se quedan: "¡Ah, qué fiesta, qué
noche llena de alegría!". Orlofsky está feliz y por fin ríe
a sus anchas.
ACTO III.- E1
despacho del Director de la prisión. Fuera se oye canturrear a
Alfred. Entra el carcelero, Frosch, con una lámpara y el
descomunal manojo de llaves acreditativo de su cargo. Es un viejo
borrachín, de aspecto cómico. En su monólogo descubre que él
y el Director son nuevos en este instituto, un lugar divertido,
pues siempre se oye en él música. También hace la alabanza del
aguardiente de ciruelas local y se marcha al interior de la cárcel.
Entra Frank con una resaca tremenda. Da pasos de baile, recuerda
a Olga y a Ida, también al marqués Renard busca el servicio de
té, bebe agua, se sienta, abre un periódico y se duerme. Así
le sorprende Frosch, quien viene a comunicar que el preso de la
celda número 12, Alfred como falso Eisenstein, exige un abogado;
Frosch ha hecho venir al Dr. Blind, quien le ha sido recomendado.
Llaman a la puerta de la calle y Frosch va a la ventana,
describiendo una ese. Desde allí ve a dos damas. Frank le dice
que vaya abajo, a abrir, y Frosch sale aún más convencido de
que una prisión tal, adonde las damas vienen ya tan temprano, es
un lugar divertido.
Frosch reaparece en seguida, para anunciar que las damas quieren
ver al caballero Chargrin. Las jóvenes son Ida y Adele, cuya
presencia allí asombra a Frank. Ida revela que su hermana no es
la pretendida artista de la fiesta antecedente, sino la camarera
del señor von Eisenstein ambas vienen a pedir al caballero que
interceda no para que Rosalinde readmita a Adele, sino para que
le regale el traje que ésta lleva. Además, Adele aspira a
dedicarse al teatro, y el caballero Chargrin podría ser su
"benefactor" y correr con los gastos de su educación
artística. Para demostrar su talento, representa
consecutivamente a una campesina, a una reina y a una dama de París
casada con un marqués, pero que acaba cayendo en brazos de un
conde joven y apuesto. Frank está encantado; pero antes de que
pueda decidirse, llaman de nuevo a la puerta de la calle y él
mismo ve ahora desde la ventana que abajo está el marqués
Renard. Ordena a Frosch que se lleve a las damas a otra habitación,
"sólo tengo libre aún el número 13", comenta el
carcelero, y él mismo va a abrir la puerta.
Cuando entra Eisenstein, Frank le invita a considerarse en su
casa y descubre que él no es el caballero Chargrin, sino el
Director de la prisión. Como Eisenstein no le cree, Frank llama
a Frosch y le ordena que detenga al Marqués. La respuesta del
carcelero es contundente, en un abrir y cerrar de ojos esposa a
Eisenstein y hasta saca del bolsillo una cadena. La demostración
convence al falso Marqués, quien vuelve a quedar libre en cuanto
Frank lo dispone así. Mas ahora viene la recíproca: Eisenstein
revela su verdadera personalidad y dice venir a cumplir el
arresto; eso sí, ruega a su amigo que le asigne una celda
individual. Frank se echa a reír: su amigo no puede ser
Eisenstein por la sencilla razón de que éste ocupa ya la celda
número 12; además, él mismo lo halló cenando con su esposa y
lo ha conducido a la prisión vestido aún con la bata y el gorro
domésticos.
Eisenstein está asombrado, cuando otra vez entra Frosch para
anunciar la llegada de una tercera dama, completamente velada
pero con buena figura. Frank sale a recibirla. Eisenstein se
queda solo, hecho un mar de confusiones. Vuelve Frosch ahora en
compañía del Dr. Blind, y vuelve a salir para ir a recoger al
presunto Eisenstein. El auténtico se enfurece y, para averiguar
qué sucede con su otro yo, exige al abogado que le entregue su
atavío, toga, peluca, gafas, legajos, y lo empuja afuera: así,
cuando entran, Frosch y Alfred encuentran vacío el despacho.
Frosch se va y Alfred expresa su fastidio y lo enojoso de la
situación en que se halla; pero su rostro se ilumina cuando ve
entrar a Rosalinde. Ésta se deja de circunloquios y ternezas.
Naturalmente, no conoce los últimos acontecimientos; así,
quiere que Alfred desaparezca antes de que se presente Eisenstein.
Alfred sugiere que les aconseje el abogado que está a punto de
llegar.
Así ocurre, el abogado entra; mas no es otro que Eisenstein con
el aspecto de Blind. Rosalinde y Adele le exponen su caso, la
situación, las circunstancias, el azar... El enfurecido
Eisenstein está a punto de descubrirse, pues sus reacciones son
apasionadas y su tono, exigente y amenazador. Como Rosalinde
empieza a sospechar que el abogado simpatiza con su marido,
describe a éste como un monstruo y declara lo que va a hacer con
él en cuanto se deje ver por el domicilio conyugal: arañarlo,
primero, y separarse de él, después. Mas el vaso de la
paciencia de Eisenstein se colma cuando el descarado Alfred pide
al abogado un medio para dejar al marido "con un palmo de
narices". Aquí estalla el ofendido, se arranca el disfraz y
clama venganza; claro que Rosalinde no se queda a la zaga, en
tanto que Alfred se divierte contemplando la cólera de los dos
engañados.
El alboroto va en aumento. Alfred pretende que Eisenstein cumpla
los siete días de arresto que aún quedan. Éste se niega. Frank
no quiere verse en el caso de encarcelar a su amigo y "compatriota".
Frosch viene seguido por Ida y Adele, sublevadas al haberse visto
llevadas a una celda. Frank echa la culpa al carcelero y pide a
Adele que testifique quiénes son el caballero y la dama: "El
señor von Eisenstein y mi ex señora", dice la camarera.
Pero como Eisenstein no acepta a tal testigo, se hace necesario
llamar a otros. Se abre la puerta principal del despacho y entran
Falke, Orlofsky y los invitados a la cena del Príncipe. Todos,
incluidos Rosalinde Adele, Ida y Frank, ruegan al murciélago que
suelte ya a su víctima, pues ésta ha pagado su deuda con creces.
Eisenstein solicita una explicación. Falke le dice que todo ha
sido una broma organizada por él. Todos declaran haber
participado en ella. El asunto de la cena de Rosalinde y Alfred
fue una invención, y la bata, sólo parte del atrezo. Alfred le
comenta en voz baja a Orlofsky que la cosa no fue exactamente así,
pero que más vale dejar a Eisenstein con esta verdad a medias.
Adele pregunta qué pasa con ella. Frank la invita a quedarse
arrestada, para que él, "como amigo y padre", la haga
educar para el teatro; pero el príncipe, en cuanto mecenas del
arte, no está dispuesto a dejar escapar este talento. Eisenstein
pide perdón a Rosalinde; la culpa la tuvo el champán. Rosalinde
lo alaba por su parte, pues el champán le ha mostrado con
claridad que su esposo la ama y está arrepentido. Después
invita a todos a brindar con ella con el Rey de todos los vinos,
la Majestad reconocida dondequiera, el grande y magnífico Champán
Primero.
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